miércoles, 19 de junio de 2013

LA MENTIRA

 
 
No recuerdo en qué momento de mi vida descubrí la mentira. Supongo que en la infancia y supongo que en el colegio o en algún juego con otros niños. Apuesto a que fue en esa parte de difícil acceso del disco duro que es el cerebro en la que quedan, con los enlaces rotos, los recuerdos que ya no usamos o no queremos usar. Del mismo modo, tiendo a  pensar que las primeras mentiras, mentiras inocentes todas, tienden a evitar causar daño a quien damos por supuesto que nos quiere. Queremos ahorrarles a quienes suponemos que nos quieren el mal rato de comprobar que somos traviesos o desobedientes y les escondemos la verdad o bien pintamos otra.
Dicen que educar es enseñar a fingir y creo que quien lo dice no anda lejos de acertar. Desde niños  nos enseñan, al menos intentaban enseñárnoslo, a mostrar respeto a quienes no se lo tenemos, a interesarnos, sin importarnos un comino, por la salud de los demás y a mostrar alegría o pena por el bien o el mal de otros, cuando, en el mejor de los casos, nos es indiferente. Es esa la conclusión a que he llegado después de tantos años: que se nos entrena para mentir, para ocultar nuestros verdaderos sentimientos y mostrar otros que no tenemos. Y creo, además, que ese entrenamiento se encona en los países de tradición católica. Se nos miente cuando se nos dice que la cebolla que flota en las lentejas no existe y se nos miente cuando se nos obliga a contar a un cura pegajoso lo que, de ser cierto lo que predican, dios ya ha visto. Por eso, cuando se aprende que las lentejas se han de cocinar con cebolla y se abandona la tortura de la confesión, unos e siente más libre y responsable.
Convivimos con la mentira y escondemos en ella la culpa. Es la herencia que nos han dejado tantos años de misas y catequesis. No somos responsables, no asumimos lo que hacemos. Nos limitamos a ser, simplemente, inocentes o culpables, en función de que nuestras faltas trasciendan y sean o no castigadas. Vivimos en la cultura del disimulo y la falsedad. No hay más que ver como levanta los brazos y encoge los hombros, mirando al árbitro, el jugador que acaba de lesionar de una patada a su adversario o el desparpajo de algunos políticos, Miguel Ángel Rodríguez lo es, que un día se muestra compungido por las consecuencias de sus excesos con la bebida y al siguiente se permite chistecitos con lo que bebió.
Nos mienten y nos mentimos cuando nos dicen o pensamos que con la mentira lo que se busca es no hacer daño. Es otra derivada de la educación: las mentiras blancas, esas que pretenden evitar dolor o daño a los demás, ese "ojos que no ven, corazón que no siente". Es el cran coladero por el que entra la mentira en nuestras vidas para instalarse en ellas. El que miente cree que, cuanto menos sepamos, más felices seremos. Y puede que fuera verdad,  porque los españoles éramos felices pensando en la  campechanía, la honorabilidad y el buen hacer del rey y su familia y, sin embargo, llevamos una racha en la que toda esa feliz complacencia y la misma confianza en la institución se desmoronan.
En las dictaduras, negar lo evidente es una buena estrategia. Aquí todos sabíamos de los negocios del general, su mujer y el resto de la familia. Pero informar de ello podía salir muy caro. Muerto el dictador, se mantuvo el velo sobre asuntos que concernían a la jefatura del Estado y no se informaba de muchas cosas, todo se suavizaba o se ignoraba, porque la prensa asumió que eran mejores para nuestra salud como país las mentiras blancas o el silencio.
Pero en eso llegó Internet y, con Internet, las redes sociales y la difusión sin filtrado de mentiras, verdades y opiniones. Mentir o elaborar una verdad oficial empezó a ser más difícil y, cuando mentir se hace difícil, vienen los titubeos, las simulaciones y los diferidos. Y eso es lo que está pasando hoy, ahora mismo. Los errores o falsedades, habrá que averiguar qué son, en los datos fiscales de la hija del rey casada con Iñaki Urdangarín han roto todos los diques. El silencio, primero, y las mentiras confusas y blancas después han sido incapaces de contener las sospechas y, como la mentira tiene las patas cortas, más de uno debe estar arrepentido de no haberse puesto colorado una vez que amarillo en tantas portadas.
Mentir no es bueno, pero peor es hacerlo tan a menudo y sin coherencia. No sé a quién ni de qué está tratando de proteger el gobierno. Lo que sí sé es que, al final, el quién y el qué se conocerán y que habrá, además, otra víctima: el prestigio de la Agencia Tributaria en pleno cierre de la campaña de la declaración de la renta.
 
 
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martes, 18 de junio de 2013

EL NÚMERO DE DOÑA CRISTINA

 
A estas alturas, no sé qué me desosiega más, si el hecho de que alguien haya tratado de enlucir algún que otro ingreso inconfesable fingiendo la venta de propiedades en nombre de la infanta Cristina o el de que la Agencia Tributaria, que era de lo poquito a lo que aún no le había perdido la fe en este país tan desdichado, ande manga por hombro procesando sin ton ni son datos que no comprueba y que, con ello, esté poniendo en evidencia la honorabilidad, que en este caso es de la infanta, pero que podría ser de cualquiera.
Como siempre, voy a hacerme un poco el tonto En el caso de que las transacciones inmobiliarias de las que se  viene hablando en los últimos días se hayan registrado sin error ¿Quién puede pretender y para qué hacer pasar por buenas unas ventas ficticias de fincas, incluso a sus verdaderos propietarios? La única respuesta que se me ocurre es que sólo lo haría quien tratase de justificar unos ingresos de origen, cuando menos, turbio. La siguiente pregunta ha de ser ésta ¿Hay alguien en el entorno de la infanta que cumpla con esa premisa? Pues no lo sé o, mejor dicho, no quiero cansarme ni cansaros repitiendo una y otra vez las fórmulas "presunto" y "presunción".
Descartada la posibilidad de que se estuviere blanqueando dinero con tan sorprendentes operaciones, sólo cabe el error inverosímil, pero repetido catorce veces y por personas distintas. Dicen quienes entienden de esto -registradores de la propiedad e inspectores de Hacienda- que la posibilidad de que se den tales errores y más repetidos tiende a cero. Luego, si el error no se ha producido entre gente acostumbrada a manejar documentos y a dar fe de ellos ¿dónde se ha producido?
Anoche mismo escuché como inspector de Hacienda dejaba claro que toda la documentación pedida por el juez sobre el caso, por tratarse de un caso que afecta a la familia real, pasa por "los despachos nobles" de la agencia, antes de ser remitidos al juzgado de Palma, de modo que tenemos derecho a pensar que se revisan una y otra vez para evitar errores embarazosos como los que ahora mismo nos ocupan y preocupan.
¿Qué hacemos entonces? ¿Volver al primer supuesto? Supongo que sería lo razonable. Y también lo más incómodo, porque, si las ventas figuran en la declaración de la renta de la infanta y, si figuran, habría recibido por ellas un importe de cerca de millón y medio de euros. Algo que es difícil que se escape a la propia infanta o a quien quiera que sea el que la asesore en el trámite. A mí, al menos, no se me escaparía.
Error o trampa, trampa o error, habrá que resolverlo. Y, cuanto más tarde en resolverse, más a verse perjudicada la buena imagen de quien, al final, resulte inocente de haber cometido el error o haber hecho la trampa. Y es aquí donde aparece el que, de momento, es el único culpable, si no del error o de la trampa, sí de haber dejado crecer el soufflé hasta reventar en todo su esplendor. Un culpable que no es otro que el ministro Montoro y sus colaboradores, tan prestos a levantar sospecha o a dar los nombres de infractores como Javier Bardem, Antonio Banderas o Leonel Messi y tan reacio a dar las claves que despejarían las incómodas incógnitas que plantea este caso.
Ya por último: ahora que todos sabemos que a los miembros de la familia real "gastan" DNI de dos cifras, va a ser difícil evitar bromas y gamberradas a cosa de tal circunstancia. Sería conveniente, más por camuflaje y disimulo que por afán democrático que, lo antes posible, les diesen uno de ocho cifras como a todo hijo de vecino. Ah, perdón, me olvidaba de que ese no es el caso.
 
 
 
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lunes, 17 de junio de 2013

LIBERTAD Y SEGURIDAD

 
Los papeles de Snowden van camino de hacer más daño a los paladines de la libertad mundial, con sede en Washington y Londres, que el que les hicieron, y fue mucho, los de Wikileaks, porque, si aquellos dejaban al descubierto y en carne viva la torpeza del servicio diplomático de Estados Unidos y sus socios, en estos lo que se evidencia es el "todo vale" con el que, en nombre de la seguridad, están mirando en nuestros correo, escuchando nuestras conversaciones y oliendo nuestras braguetas. Quienes se dejan embriagar por el poder y no sólo por el poder, como Miguel Ángel Rodríguez, lo saben de sobra. Por eso buscan información sobre adversarios y compañeros, por eso circularon como circularon los dosieres en la Comunidad de Madrid de Esperanza Aguirre. Todos ellos saben y cómo que la información es poder y por eso la buscan, la compran y la utilizan.
Por los papeles de Snowden acabamos de enterarnos de que Reino Unido espió en 2009 a varias de las delegaciones convocadas a las cumbres del G-20 celebradas allí y que, además, montó falsos cibercafés mediante los cuales controló los correos y los chats de quienes cayeron en su trampa. No es de extrañar. Yo doy por descontado que siempre hay gente asomada a lo que escribo y cuelgo en Facebook y a lo que digo o hago con mi teléfono móvil y creo que ese es el secreto de la libertad hoy en día: ser conscientes de que millares de ojos y oídos escrutan nuestra vida de la que, por suerte o por desgracia, una gran parte transcurre ya en teclados y pantallas.
Sabemos de sobra que bucear en los servidores que hacen posibles las redes en las que interactuamos es posible. Sabemos que la información que los gestores de esas redes tienen de todos nosotros se usa comercialmente y conocemos y sufrimos su puritanismo moralista ¿Cómo dudar entonces de que no tardarían ni un segundo en dar a sus gobiernos, Estados Unidos en el caso de Facebook, Google o Microsoft, la información que soliciten de nosotros, sus "clientes". No deberíamos olvidar que los programas que utilizamos a diario en nuestros ordenadores y teléfonos, pasan por infinidad de servidores y que, por definición, están llenos de "puertas de atrás" que alguien puede abrir en un momento dado, para que los gobiernos pasen y vean.
Os preguntareis qué hacer ante la evidencia, sospechada largamente y ahora confirmada, de que nos vigilan. La respuesta es, siempre lo es, un debate entre libertad y seguridad, aunque ahora se trataría de la libertad y la seguridad individuales. Un debate, en fin, entre cómo queremos vivir y a qué estamos dispuestos a renunciar para conseguirlo.
En mi caso, la respuesta es clara. No estoy dispuesto a renunciar a nada y por eso todo lo que hago o escribo en la red es accesible para todo el que quiera mirarlo. Por eso mi único límite es el daño que pueda hacer a quienes carecen de responsabilidad en lo que ensalzo o critico y por eso trato, sobre todo, de distinguir entre el ámbito público y privado que tienen todas las personas, incluso las que se mueven en lo público.
Teniendo esto presente y actuando así, seremos más fuertes, porque no nos inocularán su miedo ni su prudencia y nos expresaremos en libertad, como lo haríamos con amigos, y todos sabemos que algunas cosas no se las contamos ni siquiera a los amigos. Si lo tenemos claro y no nos dejamos poner el dogal, seremos más libres y si somos más libres ellos serán más débiles, porque se puede represar un río para controlar su caudal, pero, cuando el río viene crecido, no hay dique que lo retenga.
Lo “hablaba” hoy con una amiga. La libertad no admite apellidos. La libertad no puede ser prudente, no puede ser segura. La libertad –y sé que es una utopía- sólo puede ser LIBERTAD, con mayúsculas.
 
 
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domingo, 16 de junio de 2013

NUESTRO SILENCIO HA SIDO SU FUERZA

 
 
Vivimos tiempos desasosegantes en los que, a menudo, uno tiene la sensación de que nunca le dicen ni le dirán toda la verdad. Como para muchos hijos de mi tiempo, para mí Europa fue un sueño en la distancia que, una vez alcanzado, garantizaría la democracia, el bienestar y, por qué no, también la riqueza para España. Y, de hecho, al principio fue así. Recuerdo, por ejemplo, haber dado a posteriori la razón a Felipe González, que nos vendió la entrada en la OTAN como un mal menor y necesario para alcanzar el sueño de formar parte de Europa.   
Quién me iba a decir que el verdadero mal estaba en la misma Europa, en esto que ha acabado por ser Europa que tan lejos queda ya de aquella Europa soñada. Recuerdo con qué sentimiento de orgullo, de pertenecer a un club de prestigio llevé en mi cartera aquellos primeros euros. Y qué decir de aquel primer pasaporte de ciudadano de la Unión Europea que permitía aterrizar con privilegios en casi  cualquier rincón de Europa, qué sensación la de no tener que dar explicaciones por tu viaje ni tener que mostrar tu dinero para que te dejasen pasar.
Un espejismo. Aquellos sueños son ahora un espejismo, porque en Europa, como en todo selecto club que se precie, hay una élite que dicta las normas y pone las condiciones para ingresar o seguir perteneciendo a él. Aquellos primeros tiempos, en los que ser carne de mercado y mano de obra barata se compensaba con la llegada de infraestructuras y fábricas, están ya muy lejanos, porque, como los carteristas en el metro, otros políticos que ya no han sido González y Kohl han repartido nuestro futuro en negociaciones que ya no tienen nada que ver con la transparencia ni la lealtad de entonces, y nos han hecho poner la atención en otra cosa, mientras que con sigilo nos levantaban la cartera.
Del sueño que un día fue Europa, apenas queda nada. Esta Europa que añoro sin haber llegado a disfrutarla del todo ha sido tomada al asalto por el capitalismo más cruel y salvaje ese que no quiere fábricas ni edificios, el que compra empresas y países para vaciarlos de cualquier riqueza y, como el letal parásito que es, una vez agotada la vida en ellos, salta con toda la vida y la energía robadas al cuerpo de una nueva víctima.
Es una nueva forma de colonialismo sin bandera ni metrópoli que, como el místico asesino que fue el rey Leopoldo de Bélgica, buscan sus congos en los países que pierden el paso en la dura marcha que impone Alemania en Europa. Lo viene a decir el sociólogo portugués Boaventura de Sousa en una interesante entrevista que hoy publica Público.es. Conviene reflexionar sobre lo que dice. Aún queda tiempo para poner fin a esta pesadilla. Aún tenemos la fuerza de nuestro voto y tenemos que aprender a usarlo. Dentro de poco habrá elecciones al Parlamento Europeo y Esperanza Aguirre, adalid de este maldito neoliberalismo ya nos dejó claro que querría verlo desaparecer. Tenemos que hacer justo lo contrario de lo que la condesa predica. Quienes creemos en un mundo más justo y solidario tenemos que ser fuertes en Europa. Y nuestra abstención, nuestro silencio, han sido hasta ahora su fuerza.
 
 
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sábado, 15 de junio de 2013

¿NECESITAMOS LOS JUEGOS?

 
A través de nuestros televisores, en las últimas horas, nos hemos asomado a los graves incidentes ocurridos en la ciudad brasileña de Sao Paulo, donde la subida desproporcionada del transporte ha desatado las protestas de los ciudadanos a los que la policía, acostumbrada a la carta blanca ha sido incapaz de distinguir entre las bandas violentas que campan a sus anchas por las favelas y todos esos ciudadanos indignados que se quejaban de que se apriete a los más modestos, mientras se despilfarra en los fastos de la Copa Confederaciones de Fútbol que, desde ayer, se celebra en el país o en los del Campeonato del Mundo previsto para el año que viene.
Por desgracia, el de Brasil no es el único ejemplo de derroche en tiempos difíciles, derroche que se hace en nombre del prestigio y que, sin embargo, como hemos comprobado gracias a Urdangarín, lo que en realidad esconde es toda una serie de chanchullos, negocios turbios y tráfico de influencias, en la que hacen su agosto todo tipo de personajes sin escrúpulos, a cambio de un hipotético prestigio y de una serie de puestos de trabajo limitados en el tiempo que ni son tantos, ni bien remunerados. A cambio de este tipo de convocatorias se encarecen las ciudades y hay que renunciar al disfrute de las mismas por parte de los ciudadanos que pagan sus impuestos.
Que Madrid no está para fiestas está claro. No hay más que asomarse a sus calles y comprobar que, salvo las calles escaparate, desde hace meses no se reparan sus aceras ni se reasfaltan sus calzadas y que, cuando se hace, no siempre se emplean los materiales ni el personal más adecuado. Hay baches en algunos barrios de Madrid que forman ya parte del paisaje. Baches profundos, capaces de provocar serias averías a los vehículos, en los que, de poder aplicarles la datación por carbono catorce, nos llevaríamos alguna sorpresa. Y nadie los repara, de nada sirve denunciar su presencia, porque parece que los agentes y funcionarios que reciben las quejas conocen de antemano la respuesta que se va a dar a las mismas.
Da miedo pensar que un conductor poco avisado y amigo de la velocidad pierda el control de su vehículo y pueda acabar haciendo o haciéndose daño al subirse a una acara o chocar con otro vehículo. Eso, al margen del deterioro que diariamente sufren los autobuses municipales al pasar una y otra vez, hundiendo sus ruedas y a veces algo más en el bache de siempre. No me lo invento. Al igual que vosotros, podría hacer una lista documentada de más de una docena de esos baches.
Y no sólo en superficie. A veces, sobre todo cuando uno está sensibilizado, después de accidentes como el reciente de Buenos Aires, escucha ruidos extraños al coincidir sobre las ruedas del vagón, oye el chirrido del convoy al pasar por algunos tramos de vía y sufre de frenazos a destiempo o de paradas en las que se sobrepasa o no se alcanza el andén. Y esos ruidos, traqueteos, sacudidas o frenazos a destiempo le hacen pensar a un alma susceptible como la mía que, pese a viajar en uno de los transportes urbanos más caros  del mundo en relación con el salario mínimo vigente, el material no está mantenido adecuadamente y puede dar lugar a situaciones de peligro.
Hoy la alcaldesa Botella está con todo su séquito habitual en Lausana para convencer de la bondad del proyecto Madrid 2020 a los miembros del comité Olímpico Internacional. Otro viajecito de la alcaldesa cuando la ciudad carece de piscinas, campos de fútbol, instalaciones deportivas y, lo que es peor, personal para ayudar a los miles de ancianos y ancianas que viven solo, muchas veces en buhardillas y pisos altos sin ascensor, cuando demasiados niños madrileños pasan hambre o tienen que caminar largas distancias para acudir a un colegio porque el de su barrio nunca ha existido o lo han cerrado.
Hoy he visto en EL PAÍS una fotografía de los incidentes de Sao Paulo en la que una joven sostiene una pancarta que dice ¿Es la Copa una prioridad para Brasil? Y yo me pregunto si lo son los juegos para Madrid.
 
 
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viernes, 14 de junio de 2013

HAN PASADO DE NOSOTROS


 
 

Miedo me da pensar en lo que están haciendo entre bambalinas el gobierno y la banca con el dinero que ha desaparecido del mercado y el que llega de Europa. De todos es sabido que la banca está tomando préstamos del Banco Central Europeo a un interés más que ventajoso para prestárselo al gobierno a un precio más elevado, lo que, evidentemente, está llevando a la paralización del crédito a los particulares, que son quienes realmente lo necesitan para reactivar el consumo y, con él, la actividad económica  el consumo.

Hoy me entero de que el ICO, Instituto de Crédito Oficial, cuya misión fundamental es la de facilitar crédito a clientes, llamémosles difíciles, ha estad gastando una parte importante de los veintidós  mil millones de euros recibidos del BCE en acudir a las subastas de liquides del Estado y en cubrir las facturas impagadas de la autonomías. Si a esto le añadimos que, como admitió la ministra de Trabajo y Seguridad Social, la inefable Fátima Báñez, admitió hace semanas que el fondo de reserva de las pensiones se está invirtiendo en deuda pública española, no hay duda de que hay motivos para estar preocupados, porque el dinero, el poco dinero disponible, está encerrado en un círculo vicioso, del que a este paso no saldrá nunca.

Son trampas y atajos contables, mediante los que el Estado ha conseguido maquillar las cifras y dar la apariencia de que la economía española se recupera. Pero es sólo una falsa sensación, porque al mirar a la calle, al poner los ojos en la economía real, nos damos cuenta de que, si las cifras sobre el papel son aceptables, en la calle, en la economía real, los españoles estamos viviendo una tragedia de enormes proporciones. Por eso, ahora que aparece el dato de que la deuda de España, o sea, la nuestra, la que antes o después tendremos que pagar asciende ya a cerca de un billón de euros o, lo que es lo mismo, casi el 90% del Producto Interior Bruto. Y me echo a temblar en un hogar en el que se debe el 90% de lo que se ingresa.

Han pasado de nosotros y sólo nos quieren para que paguemos la cuenta. Es como esas comidas o cenas con amigos o compañeros de trabajo en la que, por más que la mayoría se esfuerce en ajustarse a un presupuesto o por más que el precio del cubierto estés cerrado, siempre hay alguien que se empeña en disparar la cuenta pidiendo más vino o tomándose dos o tres copas más.

Ocurre que estamos pagando los excesos de otros. También su falta de solidaridad y decencia, esas deudas a Hacienda de las que poco a poco tenemos noticia, Messi, Bárcenas, las primas del rey y un largo etcétera que se esconde en la lista Falciani y que estaría bien que conociéramos para saber por qué, con todo lo que hemos trabajado, cotizado y pagado todos los impuestos, cumpliendo con la que es nuestra obligación, ahora que los necesitamos más que nunca, los servicios sociales son cada vez menos.

No es de extrañar, pues, que los informes que tienen que ver con el deterioro del estado de salud de la sociedad española sean cada vez más preocupantes y que en ellos el hambre y la enfermedad y la muerte, como en el reciente del British Medical Journal, que alerta del riesgo para la vida que suponen algunos recortes en sanidad, están cada vez más presentes. Han pasado de nosotros y lo han hecho porque, hagan lo que hagan, ellos siempre de ponen a salvo. Creo que hay que dejarse de pamplinas y dar el voto a quienes se comprometan a redoblar el gasto en servicios sociales y en este país y ahora, el de la Inspección de Hacienda debería tener la consideración de servicio público esencial.
 
 

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jueves, 13 de junio de 2013

DURO MARCAJE A MESSI

 
 

No sé si, como presume la fiscalía, Messi ha cometido fraude fiscal por haber escondido a la hacienda pública más de cuatro millones de euros, pero creo que, sí es así, dispone de una magnífica ocasión para que los que le admiramos sobre el campo le admiremos también fuera de ellos. Bastaría con que, de ser ciertas, reconociese los hechos de que se le acusa y saldase la deuda que tendría con el país que le ha visto crecer como estrella.

Me dolería mucho que este asunto acabase por desequilibrar el talento y la carrera de este prodigioso jugador. Quizá fuese lo justo, pero nos privaría del placer de seguir creyendo en la historia de cuento del niño que triunfa y se convierte en un modelo con el que soñar de la que nos privó su compatriota Maradona, al que las malas compañías acabaron por hundir.

Me resulta difícil imaginar el tránsito de niño o adolescente virtuoso y genial a genio millonario que convierte en oro todo lo que toca. Supongo que ese tránsito de niño a empresa es difícil y que es tanta la gente que se mueve a su alrededor que la misma responsabilidad del genio se diluye, pero admitir su inocencia si los hechos se prueban sería tanto como admitir la inocencia y el candor de Ana Mato o la infanta Cristina.

Por eso deseo con todas mis fuerzas que Messi salde con creces, si la hay, la deuda que tiene con la hacienda de España que sería tanto como devolver al país que le ha visto crecer como deportista lo que, simplemente, es justo y, además, legal, porque es mucho el dinero que se mueve a su alrededor y sus salarios encarecen el disfrute de un deporte que nació como juego y que hoy parece escapar a las leyes de los hombres dentro y fuera de los campos, donde lo que en la calle se castigaría a jugadores y espectadores se salda apenas con un reproche que casi siempre es compensado no sólo desde las gradas o los despachos, sino desde la prensa más sectaria.

 

Está muy bien que se castigue a Messi o que, cuando menos, se le obligue a saldar su deuda si la hay. Pero sería mucho mejor que lo suyo fuese sólo el principio y que, con él, se inaugurase otra etapa en la que el celo de la inspección alcanzase también a todos esos cerebros de la ingeniería contable y el regate financiero, de quienes los deportistas no han hecho más que seguir el modelo, sean banqueros,

Industriales, rentistas, terratenientes,  actores, políticos o marqueses. Con la lista de Falciani tienen los hilos de los que tirar, pero bastaría con echar una mirada a las directivas de los equipos de fútbol de Primera División, en los que, no sé por qué, abundan los constructores y especuladores varios, siempre dispuestos a hacer negocios en el palco. Ahí hay mucha tela que cortar y parece que, al señor Montoro, tijeras no le faltan.

Si se confirma lo que ayer supimos, Messi estaría ante un duro marcaje, quizá el más duro de su carrera. Sólo espero que sepa también salir de él con dignidad y sin hacer trampas ni aspavientos y que todos aprendamos de ello.
 
 

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